Bhagavan Ramana
by Dr T.M.P. Mahadevan, M. A., Ph. D.
Publicada por Sri Ramanasramam, India

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PREFACIO

El ensayo presente se escribió originalmente para un libro sobre The Saints; y aparece como Introducción General en una obra sobre Bhagavan titulada Ramana Maharshi y Su Filosofía de la Existencia. Como se considera que este ensayo puede ser interesante para el lector en general, se ha editado por separado también en forma de folleto.

¡Que Bhagavan acepte esta oferta!

Día de Aradhana T.M.P. MAHADEVAN
5 de Mayo de 1959.

INVOCACIÓN

O - Vinayaka, que escribió en un pergamino (en las laderas del Monte Meru) las palabras del Gran Sabio (Vyasa) y que preside la victoriosa Arunachala, elimina de raíz la enfermedad (maya), que es causa de los repetidos nacimientos, y protege benévolamente la gran Fe Noble (la filosofía y religión de los Upanishads) que rebosa con la miel del Ser.

Esta es una oración al Señor Ganesa, el que elimina todos los obstáculos, compuesta por Bhagavan Sri Ramana. Hace referencia a la historia de los Puranas en que Ganesa sirvió como escriba a Vyasa y redactó el Mahabharata, y aquí se invoca Su Gracia para obtener la protección de la filosofía Vedanta. El verso impreso en Tamil es un facsímil de un manuscrito del propio Bhagavan.


BHAGAVAN RAMANA

Las Escrituras nos dicen que es tan difícil seguir la pista al sendero que holla un sabio como trazar una línea que marque la trayectoria perfilada por un pájaro en el aire mientras vuela. La mayor parte de los humanos tienen que contentarse con un viaje lento y laborioso hacia el objetivo, pero algunos pocos nacen como adeptos en volar hacia el hogar común de todos los seres - el supremo Ser. Una gran parte de la humanidad se reconforta cuando aparece un sabio de estas características. Aunque las personas comunes sean incapaces de estar a su altura, se sienten aliviadas en su presencia, y tienen un goce anticipado de la felicidad, con cuya comparación los placeres del mundo palidecen en la nada. El número incontable de personas que fueron a Tiruvannamalai durante la vida de Maharshi Sri Ramana, tuvieron esta experiencia. Vieron en él un sabio sin el menor atisbo de mundanalidad, un santo de pureza incomparable, un testigo de la verdad eterna del Vedanta. Rara vez un genio espiritual de la magnitud de Sri Ramana visita esta tierra, pero cuando sucede un acontecimiento de estas características, toda la humanidad se beneficia y se abre una nueva era de esperanza.

Cerca de treinta millas al sur de Madurai hay una aldea, de nombre Tirucculi, que tiene un antiguo templo de Siva acerca del cual han cantando alabanzas dos de los más grandes santos Tamiles, Sundaramurti y Manikkavacakar. En esta aldea sagrada vivió, en la última parte del siglo diecinueve, un abogado sin titulación, Sundaram Aiyar, con su esposa Alagammal. La piedad, devoción y caridad caracterizaban a esta pareja ideal. Sundaram Aiyar era generoso por encima de sus posibilidades. Alagammal fue una esposa Hindú ideal. En esta pareja nació Venkataraman, -que posteriormente llegó a ser conocido en el mundo como Ramana Maharshi-, el 30 de Diciembre de 1879. Fue en un día propicio para los Hindúes, el Ardra-darsanam, cuando cada año se saca de los templos en procesión la imagen del Siva danzarín, Nataraja, para celebrar la gracia divina del Señor, que Le hizo aparecer delante de santos como Gautama, Patanjali, Vyaghrapada y Manikkavacaka. En el año 1879 del día de Ardra, se sacó la Imagen de Nataraja del templo de Tirucculi con todas las ceremonias acompañantes, y justo en el momento en que se iba a meter de nuevo, nació Venkataraman. No había ningún rasgo marcadamente distintivo acerca de los primeros años de la vida de Venkataraman. Creció como un muchacho común. Asistió a una escuela primaria en Tirucculi, y después a otra en Dindigul para recibir una educación de un año de duración. Cuando tenía doce años, su padre murió. Esto provocó la necesidad de que se trasladase a Madurai junto con su familia, y se quedase a vivir con su tío paterno Subbaiyar. Allí asistió a la Escuela Secundaria de Scott y luego a la Secundaria de la Misión Americana. Fue un estudiante indiferente, y que no se tomaba en serio los estudios, aunque fue un chico sano y fuerte. Sus compañeros temían su fuerza física. Si alguno de ellos tenía cualquier tipo de agravio contra él en cualquier momento, sólo se atrevía a hacerle travesuras cuando estaba dormido. Pero tenía una característica que era más bien inusual: no sabía nada de lo que le ocurría durante el sueño. Se le podía trasladar de un sitio a otro, o incluso golpear, sin que se despertase en el proceso.

Aparentemente Ventaramam oyó algo sobre Arunachala de forma accidental cuando tenía dieciséis años de edad. Un día, un pariente visitó a la familia en Madurai. El muchacho le preguntó que de dónde había venido. El pariente respondió: "de Arunachala". El mismo nombre de 'Arunachala' actuó como un encanto mágico en Venkataraman, y con una excitación evidente, le hizo una pregunta más al caballero: "¡Qué!, ¡de Arunachala!, ¿Dónde se encuentra?" Y le contestó que Tiruvannamalai era Arunachala.

Haciendo referencia a este incidente, el sabio comentó con posterioridad en uno de sus himnos a Arunachala: '¡Oh, qué gran maravilla!' Se yergue como una colina insensible. Su efecto resulta difícil de entender. Desde mi niñez, era patente la evidencia de que Arunachala era algo muy grande, pero incluso cuando llegué a saber, por medio de otra persona, que era lo mismo que Tiruvannamalai, no entendí su significado. Cuando, por medio de la quietud mental, me atrajo hasta ella, y me acerqué, me di cuenta de que era Inamovible'.

Muy poco tiempo después del incidente que atrajo la atención de Venkataraman a Arunachala, se produjo otro suceso que también contribuyó a que el muchacho dirigiese su mente a los más profundos valores de la espiritualidad. Sucedió que cayó en sus manos una copia del Periyapuranam de Sekkilar, que relata las vidas de los santos Saivas. Leyó el libro y quedó fascinado por él. Esta fue la primera obra de literatura religiosa que leyó. El ejemplo de los santos le fascinó, y en lo más recóndito de su corazón encontró algo que respondía favorablemente. Sin ninguna preparación anterior aparente, surgió en él el anhelo de emular el espíritu de renunciación y devoción que constituía la esencia de la vida santa.

La experiencia espiritual que ahora, devotamente, deseaba tener Venkataraman, vino a él con prontitud, y de manera bastante inesperada. Fue a mediados del año 1896 aproximadamente; Venkataraman tenía entonces diecisiete años. Un día estaba sentando solo en el primer piso de la casa de su tío, y en perfectas condiciones de salud. No tenía problema alguno, pero un repentino y certero temor de morir se apoderó de él. Sintió que estaba a punto de fallecer. Desconocía la razón por la cual le había pasado a él esto. El sentimiento de muerte amenazante, sin embargo, no le enervó. Pensó sosegadamente acerca de lo qué debería hacer. Se dijo a sí mismo: "Ahora, ha llegado la muerte. ¿Qué significa? ¿Qué es lo que está muriendo? El cuerpo es el que muere". Inmediatamente después se acostó estirando los miembros y dejándolos rígidos, como si se hubiera producido el rigor mortis. Retuvo la respiración y mantuvo los labios apretados con firmeza, de modo que en base a toda apariencia exterior su cuerpo se asemejase a un cadáver. Ahora, ¿qué ocurriría? Esto fue lo qué pensó: "Bien, este cuerpo está ahora muerto. Lo llevarán al campo de cremación, donde lo quemarán y reducirán a cenizas. Pero con la muerte de este cuerpo ¿muero yo también? ¿Soy yo el cuerpo? Este cuerpo es silencioso e inerte, pero siento toda la fuerza de mi personalidad e incluso la voz del 'Yo' dentro de mí, separado de él. De modo que Soy el espíritu que transciende el cuerpo. El cuerpo muere, pero el Espíritu que lo transciende no puede ser tocado por la muerte, de lo cual se deduce que soy el Espíritu inmortal". Tal como Bhagavan Sri Ramana relató esta experiencia posteriormente para beneficio de sus devotos, parecía como si se tratase de un proceso razonado, pero trató de explicar que no fue así. El entendimiento le llegó como un destello. Percibió la verdad directamente. Fue algo muy real; lo único real. El temor de la muerte se había desvanecido para siempre. A partir de entonces, el 'Yo' continuó como la nota sruti básica fundamental, que se mezcla con todas las demás notas. Así, el joven Venkataraman se encontró en la cima de la espiritualidad sin necesidad de realizar ninguna sadhana ardua o prolongada. El ego se perdió en la marea de la conciencia del Ser. De repente, el muchacho al que se llamaba Venkataraman, había florecido como un sabio y santo.

Se notó un cambio completo en la vida del joven sabio. Todo aquello que había valorado anteriormente, había perdido ahora su valor. Los valores espirituales que había ignorado hasta entonces, se convirtieron en el único objeto de su atención. Los estudios de la escuela, amigos, relaciones - nada de esto tenía ahora ningún significado para él. Se volvió totalmente indiferente a su entorno. La humildad, mansedumbre, no-resistencia y demás virtudes se convirtieron en su adorno. Evitando toda compañía, prefería sentarse en la soledad, totalmente absorto en la concentración del Ser. Iba al templo de Minaksi todos los días, y experimentaba una gran exaltación cada vez que se ponía delante de las imágenes de los dioses y los santos. Las lágrimas manaban de sus ojos profusamente. La nueva visión siempre estaba con él. Se transfiguró su vida. 0

El hermano mayor de Venkataraman observó el gran cambio que había experimentado el muchacho. En varias ocasiones le reprochó su comportamiento indiferente y semejante al de los yoguis. Cerca de seis semanas después de la gran experiencia, se produjo la crisis. Fue el 29 de Agosto de 1896. El maestro de inglés le había pedido, como castigo por su indiferencia ante los estudios, que copiase una lección de la Gramática de Bain, tres veces. El muchacho la copió dos veces, pero no siguió adelante, al darse cuenta de la completa inutilidad de la tarea. Arrojando el libro y los papeles, se sentó con la espalda recta, los ojos cerrados, y profundizó en la meditación. El hermano mayor, que estaba observando el comportamiento de Venkataraman todo el tiempo, se acerco a él y dijo: "¿De qué sirve todo esto para una persona así?" Esto era obviamente un reproche respecto al comportamiento espiritual de Venkataraman, que incluía el abandono de sus estudios. Venkataraman no dio respuesta alguna. Se admitió a sí mismo que de nada servía hacer que estudiaba, y seguir dando la impresión de que se comportaba como antes. Decidió abandonar su hogar, y recordó que había un lugar donde ir, Tiruvannamalai. Pero si manifestaba a sus mayores cuales eran sus intenciones, no le permitirían ir, de modo que tuvo que recurrir al engaño. Dijo su hermano que tenía que ir a la escuela para asistir a una clase especial ese mediodía. El hermano, por consiguiente, le pidió que cogiese cinco rupias de la caja que estaba en el piso de abajo, y pagase sus honorarios en el colegio donde estaba estudiando. Venkataraman fue escaleras abajo; su tía le sirvió la comida, y le dio cinco rupias. Sacó un mapa que estaba en la casa, y se dio cuenta de que la estación de ferrocarril más cercana a Tiruvannamalai era Tindivanam. Sin embargo, se había construido una ramificación de la línea hasta el mismo Tiruvannamalai. El mapa era antiguo, de manera que esto no venía reflejado allí. Calculando que tres rupias serían suficiente para la jornada, Venkataraman cogió esa cantidad y dejó el resto junto con una carta en un lugar de la casa donde su hermano pudiera encontrarlo fácilmente, y emprendió viaje hacia Tiruvannamalai. Lo qué escribió en esa carta fue lo siguiente: "He partido en busca de mi Padre, de acuerdo con su mandato. Esto (refiriéndose a su persona) se ha puesto en marcha sólo para cumplir una empresa virtuosa. Por tanto, nadie debe apenarse por este hecho. Y no hay que gastar dinero alguno en busca de esto. No se han pagado los honorarios del colegio, para lo cual se adjuntan dos rupias".

Había una maldición en la familia de Venkataraman - en verdad, se trataba de una bendición - que un miembro de la familia en cada generación se convertiría en mendicante. Esta maldición fue pronunciada por un asceta errante que, según se dice, pidió limosna en casa de unos antepasados de Venkataraman, y fue rechazado. Un tío paterno de Sundaram Aiyar se convirtió en sannyasin, así como el hermano mayor de Sundaram Aiyar. Ahora, le tocaba el turno a Venkataraman, aunque nadie podía haber previsto que la maldición se llevaría a cabo de esa manera. El desapasionamiento encontró refugio en el corazón de Venkataraman, y se convirtió en parivrajaka.

El viaje que hizo Venkataraman de Madurai a Tiruvannamalai fue épico. Alrededor del mediodía, abandonó la casa de su tío. Caminó hasta la estación de ferrocarril, que estaba a una milla de distancia. Afortunadamente, el tren estaba con retraso aquel día, de lo contrario, lo habría perdido. Miró la lista de precios, y supo que el importe del billete de tercera clase a Tindivanam era de dos rupias y trece annas. Compró el billete, y guardó el cambio, que era de tres annas. Si hubiera sabido que había línea de ferrocarril hasta el mismo Tiruvannamalai, y si hubiera consultado la lista de precios, se hubiera dado cuenta de que costaba exactamente tres rupias. Cuando llegó el tren, se subió tranquilamente y tomó su asiento. Un Maulvi que también estaba viajando, entabló conversación con Venkataraman, y le dijo que había un servicio de tren a Tiruvannamalai, y que no había que ir a Tindivanam, sino que podía cambiar de tren en Viluppuram. Era una información de gran utilidad. Era noche oscura cuando el tren llegó a Tiruccirappalli. Venkataraman estaba hambriento; compró dos peras por media anna, y sorprendentemente con el primer bocado le remitió el hambre. A las tres de la mañana aproximadamente, el tren llegó a Viluppuram. Allí, Venkataraman bajó del tren con la intención de completar el resto de la jornada hasta Tiruvannamalai a pie.

Al alba se dirigió a la ciudad, y se puso a buscar la señalización a Tiruvannamalai. Vio una señalización que decía 'Mambalappattu' pero no sabía entonces que Mambalappattu estaba en el itinerario a Tiruvannamalai. Antes de hacer más esfuerzos para averiguar qué camino tenía que tomar, deseó descansar un poco, porque se encontraba cansado y tenía hambre. Se acercó hasta un hotel, y pidió alimento. Tuvo que esperar hasta mediodía para que la comida estuviera lista, y después propuso dar dos annas como pago. El propietario del hotel le preguntó que cuánto dinero tenía. Cuando Venkataraman le dijo que sólo tenía dos annas y media, rechazó aceptar el pago. Gracias a él, Venkataraman pudo saber que Mambalappattu era un lugar que se encontraba de camino a Tiruvannamalai. Venkataraman regresó a la estación de Viluppuram y compró un billete a Mambalappattu para cuyo destino resultaba suficiente el dinero que tenía.

Venkataraman llegó en tren a Mambalappattu alrededor del mediodía. De allí se encaminó a Tiruvannamalai. Anduvo unos veinticinco kilómetros aproximadamente, hasta bien entrada la tarde. En las cercanías se encontraba el templo de Arayaninallur, construido sobre una gran roca. Se dirigió hasta él, esperó a que abrieran las puertas, entró y se sentó en la sala de las columnas donde tuvo una visión -una visión de luz brillante que envolvía todo el lugar. No se trataba de luz física. Resplandeció por algún tiempo, y luego desapareció. Venkataraman continuó sentado en un ánimo de meditación profunda, hasta que le despertaron los sacerdotes del templo que querían cerrar las puertas e ir a otro templo que estaba en Kilur, a un kilómetro y medio de distancia, para asistir al servicio religioso. Venkataraman les siguió, y mientras se hallaba dentro del templo, se perdió de nuevo en samadhi. Después de acabar con sus tareas, los sacerdotes le despertaron, pero no le dieron alimento alguno. El tamborilero del templo, que había estado mirando el comportamiento rudo de los sacerdotes, les imploró que dieran una ración de comida del templo al extraño joven. Cuando Venkataraman pidió un poco de agua potable, le dijeron que se dirigiera a la casa de un tal Sastri, que se encontraba a cierta distancia. Mientras se encontraba en esa casa, se desmayó y cayó al suelo. Algunos minutos después, volvió en sí, y vio un pequeño cuervo que le miraba con curiosidad. Bebió agua, tomo algo de alimento y se tumbó a dormir.

A la mañana siguiente, se despertó. Era el 31 de Agosto de 1896, Gokulastami, el día de nacimiento de Sri Krishna. Venkataraman reanudó su viaje y caminó durante bastante tiempo. Sintió hambre y cansancio. De modo que, primero, comería algo, y luego iría a Tiruvannamalai, en tren si fuera posible. Se le ocurrió que podría vender los pendientes que llevaba y conseguir el dinero que necesitaba. Pero ¿cómo iba a conseguirlo? Se detuvo en el exterior de una casa que resultó pertenecer a un tal Muthukrishna Bhagavatar. Pidió alimento al Bhagavatar, quien le envió a la ama de casa. La piadosa mujer se vio complacida por recibir al joven sadhu, y le alimentó en el día propicio del nacimiento de Sri Krishna. Después de comer, Venkataraman se dirigió de nuevo al Bhagavatar y le dijo que quería pignorar sus pendientes por cuatro rupias para poder completar su peregrinaje. Los anillos valían unas veinte rupias, pero Venkataraman no necesitaba tanto dinero. El Bhagavatar examinó los pendientes, dio a Venkataraman el dinero que había pedido, y en un pedazo de papel anotó la dirección del joven, así como la suya propia, diciéndole que podía recuperar los anillos en cualquier momento. Venkataraman almorzó en casa del Bhagavatar. La piadosa mujer le dio un paquete de dulces que había preparado para Gokulastami. Venkataraman se despidió de la pareja, rompió la dirección que le había dado el Bhagavatar -ya que no tenía intención de recuperar los pendientes- y se dirigió a la estación de ferrocarril. Como no había tren hasta la mañana siguiente, pasó allí la noche. En la mañana del 1 de Septiembre de 1896, tomó el tren a Tiruvannamalai. El viaje duró poco tiempo. Al apearse del tren, se apresuró para llegar al gran templo de Arunacalesvara. Todas las puertas estaban abiertas de par en par, incluso las del santuario interior. El templo quedó entonces vacío de gente, incluso de sacerdotes. Venkataraman entró en el sanctum sanctorum, y al ponerse delante de su Padre Arunacalesvara, experimentó un gran éxtasis, y alegría innombrable. La jornada épica había finalizado. El barco había llegado con seguridad a buen puerto.

El resto de lo que consideramos como vida de Ramana -así es como le llamaremos de aquí en adelante- la pasó en Tiruvannamalai. Ramana no fue iniciado formalmente en sannyasa. Cuando salió del templo y caminó por las calles de la ciudad, alguien le llamó y le preguntó si quería que le afeitaran la cabeza. Dio su consentimiento, y le llevaron hasta el estanque de Ayyankulam, donde un barbero le afeitó la cabeza. Luego, permaneciendo de pie en los escalones del estanque, lanzó al agua el dinero que le quedaba. También desechó el paquete de dulces que le había dado la esposa del Bhagavatar. Lo siguiente que iba a tirar era el cordón sagrado que había estado usando. Al volver al templo se preguntaba por qué debería dar a su cuerpo el lujo de un baño, cuando la lluvia ya le había empapado.

El primer lugar de residencia de Ramana en Tiruvannamalai fue el gran templo. Durante algunas semanas permaneció en la sala de los mil pilares. Pero había algunos granujillas que le molestaban tirándole piedras cuando meditaba. Se trasladó a lugares sombríos, e incluso a una cueva subterránea conocida como Patala-lingam. Imperturbable, solía pasar varios días en profunda absorción interior. Sin moverse, se sentaba en samadhi, sin ser consciente ni siquiera de los mordiscos de bichos e insectos. Pero los traviesos niños pronto descubrieron su retiro y dieron paso al pasatiempo de tirar cascotes al joven Svami. En aquella época había en Tiruvannamalai un Svami importante de nombre Seshadri. Los que no le conocían le tomaban por un loco. A veces custodiaba al joven Svami, y echaba a los gamberros. Al final, los devotos le sacaron de la cueva sin que él fuese consciente, y le depositaron cerca de un santuario de Subrahmanya. Desde ese momento, siempre había alguien que cuidase de Ramana. El lugar de residencia tenía que cambiarse frecuentemente. Se escogieron jardines, arboledas y santuarios- para refugiar al Svami. Nunca hablaba. No era porque hubiese tomado voto alguno de silencio, sino que no se sentía inclinado a hacerlo. A veces, se solía recitarle textos como el Vasistham y Kaivalyanavanitam.

Poco menos de seis meses después de su llegada a Tiruvannamalai, Ramana cambió su residencia a una santuario llamado Gurumurtam a petición sincera del guarda, un tal Tambiransvami. Según iban pasando los días y se iba extendiendo la fama de Ramana, un número cada vez mayor de peregrinos y visitantes venían a verle. Después de una estancia de un año aproximadamente en Gurumurtam, el Svami -en la localidad se le conocía como Brahmana-svami- se mudó a un huerto de mango cercano. Fue aquí hasta donde le siguió la pista uno de sus tíos, Nelliyappa Aiyar, que era abogado asistente en Manamadurai. Al saber por medio un amigo que Venkataraman era entonces un Sadhu reverenciado en Tiruvannamalai, fue allí a verle. Hizo todo lo que pudo para llevarse a Ramana con él a Manamadurai, pero el joven sabio no respondió. No mostró signo alguno de interés por el visitante, de modo que Nelliyappa Aiyar regresó decepcionado a Manamadurai. Sin embargo, llevó la noticia a Alagammal, madre de Ramana, quien se dirigió a Tiruvannamalai acompañada del hijo mayor.

Ramana vivía entonces en Pavalakkunru, una de las estribaciones orientales de Arunachala. Con lágrimas en los ojos, Alagammal suplicó a Ramana que regresara con ella, pero en lo que al sabio se refiere, ya no había vuelta atrás. Nada le conmovió -ni siquiera los lamentos y llantos de su madre. Se mantuvo callado sin dar respuesta alguna. Un devoto que había estado observando el esfuerzo realizado por la madre durante varios días, pidió a Ramana que, al menos, escribiera lo que tuviera que decir. El sabio escribió en un pedazo de papel, de una manera bastante impersonal, lo siguiente: "De acuerdo con el prarabdha de cada uno, Aquel cuya función es mandar, hace actuar a todos. Lo que no tiene que ocurrir, nunca ocurrirá, por mucho empeño que se ponga, y lo que tenga que ocurrir, no dejará de hacerlo, por mucho que se haga para evitarlo. Esto es seguro. La verdadera sabiduría, por lo tanto, es permanecer tranquilo".

Decepcionada y con el corazón pesaroso, la madre volvió a Manamadurai. Un tiempo después de este evento, Ramana subió a la colina de Arunachala y empezó a vivir en una cueva llamada Virupaksak, en honor de un santo que vivió y fue enterrado allí. Aquí también vino la multitud, en la cual había algunos buscadores serios que, posteriormente solían hacerle preguntas respecto a la experiencia espiritual o traían libros sagrados para que les explicaran algunos aspectos. Ramana escribía a veces sus respuestas y explicaciones. Uno de los libros que le trajeron durante este período fue el Vivekacudamani de Sankara, que más tarde tradujo en prosa Tamil. También algunas personas sencillas sin cultura se acercaban a él para buscar consuelo y guía espiritual, como Echammal que, habiendo perdido a su marido, a su hijo e hija, estaba desconsolada, hasta que el Destino le guió a la presencia de Ramana. Tomó la resolución de visitar al Svami todos los días, y asumió la tarea de llevar alimento tanto a él como a aquellos que vivían con él.

En 1903 llegó a Tiruvannamalai un gran erudito de Sánscrito y sabio, Ganapati Sastri, conocido también como Ganapati Muni, debido a las austeridades que había estado observando. Tenía el título de Kavya-kantha, (aquel que tiene poesía en su garganta), y sus discípulos se dirigían a él como nayana (padre). Era un especialista en la adoración de la Madre Divina. Visitó a Ramana en la cueva de Virupaksa bastantes veces. En una ocasión en 1907 le asaltaron ciertas dudas respecto a sus propias prácticas espirituales. Subió a la colina, vio a Ramana sentado solo en la cueva, y se expresó de la siguiente manera: "He leído todo lo que hay que leer; incluso he entendido totalmente el Vedanta sastra; he hecho japa hasta la saciedad, pero hasta ahora no entiendo el significado de tapas, de modo que he buscado refugio en sus pies. Por favor, ilústreme en cuanto a la naturaleza de tapas". Ramana respondió, ahora mediante palabras: "Si uno observa de dónde surge la noción 'Yo', la mente queda allí absorta; eso es tapas. Cuando se repite un mantra, si se observa de dónde surge ese sonido del mantra, la mente queda allí absorta; eso es tapas". Estas palabras fueron como una revelación para el erudito; sintió que la gracia del sabio le envolvía. Aquí estaba este Ramana tan nombrado, que era Maharshi y Bhagavan. Compuso himnos en Sánscrito en elogio al sabio, y también escribió el Ramana-gita explicando sus enseñanzas.

La madre de Ramana, Alagammal, después de regresar a Manamadurai, perdió a su hijo mayor. Dos años después, su hijo menor, Nagasundaram hizo una breve visita a Tiruvannamalai, adonde ella misma también acudió una vez, a su regresa de un peregrinaje a Varanasi, y de nuevo durante una visita a Tirupati. En esta ocasión cayó enferma y sufrió durante varias semanas síntomas de tifoidea. Ramana mostró una gran solicitud en cuidarle y hacer que recuperase la salud. Hasta compuso un himno en Tamil rogando al Señor Arunachala que le curarse de su enfermedad. El primer verso del himno dice lo siguiente: "¡Oh medicina en forma de colina que surgió para curar la enfermedad de todos los nacimientos que llegan en sucesión como oleadas! ¡Oh Señor! es Tu deber salvar a mi madre que considera Tus pies como su único refugio, curándole la fiebre." También oró para que se le otorgase a su madre la visión divina, y se liberara de la mundanalidad. Es innecesario decir que ambas oraciones fueron atendidas. Alagammal se recuperó, y volvió a Manamadurai, pero poco tiempo después regresó a Tiruvannamalai; a continuación le siguió su hijo menor, Nagasundaram, que en ese entretanto había perdido a su esposa, con quien tenía un hijo. A comienzos de 1916 vino la madre, y decidió pasar el resto de su vida con Ramana. Inmediatamente después de la llegada de su madre, Ramana se trasladó de Virupaksa a Skandasramam, que estaba un poco más arriba en la colina. La madre recibió preparación en una intensa vida espiritual. Se puso la túnica ocre, y se encargó de la cocina del Asrama. Nagasundaram se hizo también sannyasin, con el nombre de Niranjanananda. Entre los devotos de Ramana llegó a ser conocido popularmente como Chinnaswami (el Swami más joven). En 1920 se debilitó la salud de la madre y tuvo los achaques implícitos a la vejez. Ramana la cuidó con solicitud y afecto, y pasó noches enteras sin dormir sentado con ella. El fin llegó el 19 de mayo de 1922, que es el día de Bahulanavami, en el mes de Vaisakha. El cuerpo de la madre se bajó de la colina para enterrarlo. El lugar elegido estaba en el punto más meridional, entre el estanque de Palitirtham y el Daksinamurti Mantapam. Mientras se realizaban las ceremonias, Ramana en persona permanecía como espectador silencioso. Niranjanananda Swami fijó su residencia cerca de la tumba. Ramana, que seguía viviendo en Skandasramam visitaba la tumba todos los días. Después de unos seis meses aproximadamente vino a quedarse allí, como dijo más tarde, no por propia voluntad, sino en obediencia a la Voluntad Divina. Así se fundó el Ramanasramam. Se construyó un templo sobre la tumba y se consagró en 1949. Según fueron pasando los años, el Asramam siguió creciendo, y la gente no sólo de la India, sino de cada continente del mundo, vino a ver al sabio y a recibir ayuda en su búsqueda espiritual.

El primer devoto occidental de Ramana fue F.H. Humphrys. Llegó a la India en 1911 para ocupar un puesto en el servicio de Policía de Vellore. Muy dado a la práctica del ocultismo, fue en busca de un Mahatma. Su tutor de Telugu le presentó a Ganapati Sastri, y éste le llevó a Ramana. El inglés quedó gratamente impresionado. Escribiendo acerca de su primer visita al sabio en la Gaceta Síquica Internacional (International Psychic Gazette), dijo: "Al llegar a la cueva nos sentamos ante él, a sus pies, y no dijo nada. Nos sentamos así durante mucho tiempo, y me sentí elevado fuera de mí mismo. Durante media hora no dejé de observar los ojos del Maharshi, que nunca cambiaron su expresión de contemplación profunda.... El Maharshi es un hombre más allá de toda descripción en su expresión de dignidad, gentileza, autocontrol y tranquila fuerza de convicción. Las ideas de Humphry sobre espiritualidad cambiaron para mejor como resultado del contacto con Ramana. Repitió sus visitas al sabio. Reflejó sus impresiones en sus cartas a un amigo de Inglaterra, que se publicaron en la Gaceta mencionada anteriormente. En una de ellas escribió: "No se puede imaginar nada más bello que su sonrisa". Y también: "¡Es extraño qué cambio se obra en uno por haber estado en su Presencia!"

No toda la gente que iba al Asrama era buena. A veces también venían malos -incluso sadhus malos. Dos veces en el año 1924 los ladrones asaltaron el Asrama en busca de un botín. En la segunda ocasión, hasta golpearon al Maharshi, al darse cuenta de que había muy poco para llevarse. Cuando uno de los devotos pidió permiso al sabio para castigar a los ladrones, éste se lo prohibió, diciendo: "Ellos tienen su dharma, y nosotros el nuestro. Tenemos que soportar y contenernos. No interfiramos en su actuación". Cuando uno de los ladrones le golpeó en la pierna izquierda, le dio: "Si no está satisfecho también me puede golpear en la otra". Cuando se hubieron ido los ladrones, un devoto preguntó sobre la paliza que le habían propinado. El sabio recalcó: "También he recibido una puja", haciendo un juego de palabras, puesto que este término significa 'adoración', y también 'golpes'.

El espíritu de no violencia que rodeaba al sabio y a su entorno, hacía que incluso los pájaros y los animales entablasen amistad con él. Les mostraba la misma consideración que a los humanos que venían a verle. Cuando se refería a alguno de ellos, utilizaba el tratamiento 'él o ella' en lugar del neutro 'ello'. Los pájaros y las ardillas construían sus nidos en torno suyo. Las vacas, los perros y monos encontraban protección en el Asrama. Todos ellos se comportaban de una manera inteligente, en especial la vaca Laksmi. Ramana conocía el comportamiento de los animales con bastante intimidad. Se preocupaba de que se les alimentara adecuada y correctamente, y cuando alguno de ellos moría, se les enterraba con la debida ceremonia. La vida en el Asrama fluía con calma. Con el paso del tiempo cada vez venían más visitantes, algunos para una corta estancia y otros para períodos de tiempo más prolongados. Las dimensiones del Asrama aumentaron, y se añadieron nuevos características y departamentos -un hogar para el ganado, una escuela para el estudio de los Vedas, un departamento de publicaciones, el templo de la Madre con ceremonias regulares de adoración, etc. Ramana se sentaba la mayor parte del tiempo en la sala que se había construido para este fin como testigo de todo lo que ocurría a su alrededor. No estaba nunca inactivo. Solía coser hojas para hacer platos, cocinar verduras, leer las pruebas que le enviaban de la imprenta, ver periódicos y libros, sugerir respuestas a las cartas recibidas, etc., no obstante era bastante evidente que se mantenía al margen de todo. Recibió numerosas invitaciones para emprender viajes, pero nunca se movió de Tiruvannamalai, y en años posteriores, del Asrama. La mayor parte del tiempo, a diario, la gente se sentaba ante él en silencio. A veces, algunos le formulaban preguntas, y a veces las respondía. Era una gran experiencia sentarse ante él y mirar sus ojos brillantes. Muchos experimentaron que el tiempo se detenía, y también un silencio y una paz más allá de toda descripción.

El jubileo de oro para conmemorar la llegada de Ramana a Tiruvannamalai se celebró en 1946. En 1947 su salud comenzó a resentirse. Sin embargo todavía no tenía ni siquiera setenta años, pero parecía mucho mayor. Hacia finales de 1948 un nódulo pequeño apareció debajo del codo de su brazo izquierdo. Como seguía aumentando de tamaño, el doctor a cargo del dispensario del Asrama se lo sajó, pero volvió a aparecer un mes después. Se llamó a algunos cirujanos de Madrás, que le operaron. La herida no se curó, y el tumor reapareció. En posteriores exámenes se diagnosticó que la afección era un caso de sarcoma. Los médicos sugirieron amputar el brazo en la parte afectada. Ramana respondió con una sonrisa: "No hay necesidad de alarmarse. El propio cuerpo es ya en sí mismo una enfermedad. Permítamos que tenga un fin natural. Por qué mutilarlo? Basta con que se vende la parte afectada". Se tuvo que proceder a realizar dos operaciones más, pero el tumor apareció de nuevo. También se intentó con los sistemas de medicina tradicional, así como con homeopatía. La enfermedad no cedía al tratamiento. El sabio se mantenía bastante despreocupado, así como supremamente indiferente al sufrimiento. Se sentó como un espectador a contemplar cómo la enfermedad daba al traste con el cuerpo. Pero sus ojos resplandecían tan brillantes como siempre, y su gracia fluía hacia todos los seres. Las multitudes llegaban en gran número. Ramana insistía en que deberían dejarles recibir su darsana. Los devotos deseaban ardientemente que el sabio curase su cuerpo haciendo gala de un alarde de poderes sobrenaturales. Algunos imaginaban que ellos mismos se habían beneficiado de estos poderes que atribuían a Ramana. Él, por su parte, se compadecía de aquellos que se lamentaban por su sufrimiento, y trataba de reconfortarles recordándoles la verdad de que Bhagavan no era el cuerpo: "Dan por hecho que este cuerpo es Bhagavan y le atribuyen el sufrimiento. ¡Qué pena! Se desesperan porque Bhagavan va a dejarles, pero ¿dónde puede ir, y cómo?"

El final llegó el 14 de Abril de 1950. Esa tarde el sabio estaba dando darsana a los devotos que llegaron. Todos los presentes en el Asrama sabían que el fin estaba cerca. Se sentaron cantando el himno de Ramana a Arunachala con el estribillo Arunachala-Siva. El sabio pidió a sus asistentes que le sentaran. Abrió sus ojos luminosos y bondadosos durante un breve espacio de tiempo. Tenía una cierta sonrisa. Una lágrima de felicidad brotó del borde exterior de sus ojos, y a las 8:47 se le detuvo la respiración. No hubo agonía, espasmo, ni ningún signo de muerte. En ese mismo momento, un cometa se deslizó lentamente por el cielo, alcanzó la cumbre de la colina sagrada, Arunachala, y desapareció tras ella.

Ramana Maharshi escribía muy raras veces, y cuando lo hacía, generalmente en prosa o verso, era para cubrir las demandas específicas de sus devotos. Él mismo declaró una vez: "Por una razón u otra, nunca me viene a la mente escribir un libro o componer poemas. Todos los poemas que hice fue para atender la solicitud hecha por alguien en relación con algún acontecimiento concreto". Su obra más importante es Los Cuarenta Versos sobre la Existencia. En el Upadesa Saram, que es también un poema, se detalla la quintaesencia del Vedanta. El sabio compuso cinco himnos a Arunachala. Tradujo al Tamil parte de las obras de Sankara, como el Vivekacudamani y el Atma-bodha. La mayoría de sus escritos están en Tamil, pero también escribió en Sánscrito, Telugu y Malayalam.

La filosofía de Sri Ramana, cuya esencia es la del Advaita-Vedanta, tiene como objetivo la Realización del Ser. El sendero básico que se enseña en esta filosofía es la indagación en la naturaleza del Ser, el contenido de la noción 'Yo'. Generalmente, la esfera del 'Yo' varía y cubre una multiplicidad de factores, aunque éstos no son realmente el 'Yo'. Por ejemplo, hablamos del cuerpo físico como el 'Yo'; decimos, 'Yo estoy gordo', 'Yo estoy delgado,' etc. No se tardará mucho tiempo en descubrir que éste es un concepto equivocado. El cuerpo mismo no puede decir 'Yo,' puesto que es inerte. Hasta el hombre más ignorante entiende la implicación de la expresión 'mi cuerpo'. No resulta fácil, sin embargo, resolver la identidad equivocada del 'Yo' con el ego (ahankara). Esto se debe a que la mente que hace la indagación es el ego, y para eliminar la identificación equivocada tiene que decretar una sentencia de muerte, por decirlo de alguna manera, sobre sí mismo, lo cual no resulta, en absoluto, algo fácil. Ofrecer el ego en el fuego de la sabiduría, es la forma más elevada del sacrificio.

La discriminación del Ser a partir del ego, dijimos, no resulta fácil. Pero no es imposible. Todos nosotros podemos lograr esta discriminación si reflexionamos sobre el significado de nuestra propia experiencia onírica. En el sueño, 'somos', aunque el ego haya desaparecido. El ego no funciona ahí. Sin embargo, aún sigue el 'Yo' que atestigua la ausencia tanto del ego como de los objetos. Si el 'Yo' no estuviera allí, no recordaríamos que, al despertarnos de la experiencia del sueño, decimos: "He dormido felizmente. No sabía nada". Tenemos, pues, dos 'Yoes', el 'seudo- Yo', que es el ego, y el verdadero 'Yo', que es el Ser. La identificación del 'Yo' con el ego es tan fuerte, que muy rara vez vemos el ego sin su máscara. Y lo que es más, toda nuestra experiencia relativa gira en torno al ego. Con la aparición del ego al despertar del sueño, el mundo entero aparece con él. El ego, por tanto, parece tan importante e incuestionable.

Pero esto es realmente como una fortaleza hecha de naipes. Una vez que el proceso de indagación comienza, se puede ver cómo el ego se desmorona y se disuelve. Para emprender este proceso de indagación, hay que tener una mente aguda, mucho más de lo que se requiere para desentrañar los misterios de la materia. Para contemplar la verdad, se necesita un intelecto concentrado(drsyate tu agraya buddhya). Es cierto que incluso el intelecto tendrá que disolverse antes de que despunte la sabiduría final, pero hasta entonces, tiene que indagar, y hacerlo de manera implacable. ¡La sabiduría, sin duda, no es para los indolentes!

La indagación "¿Quién soy Yo"? no debe considerarse como un esfuerzo mental para entender la naturaleza de la mente. Su propósito principal es 'enfocar la mente completamente en su origen. La fuente del seudo-'Yo', es el Ser. Lo que se hace en la Indagación del Ser, es ir contra corriente en lo que respecta a la mente, en vez de correr en paralelo con ella, y transcender finalmente la esfera de las modificaciones mentales. Cuando se sigue la pista al seudo-'Yo' hasta su origen, desaparece. Entonces brilla el Ser en todo su esplendor, cuyo destello se conoce como realización y liberación.

El cese o no-cese de la existencia del cuerpo nada tiene que ver con la liberación. El cuerpo puede seguir existiendo, y el mundo puede seguir apareciendo, como en el caso del Maharshi. Para el Ser, que ya ha sido realizado, da exactamente lo mismo. En verdad, para él no existe ni cuerpo ni mundo, sólo existe el Ser, la Existencia eterna (sat), la Inteligencia (cit), y la bienaventuranza insuperable (ananda). Esta experiencia no es totalmente ajena a nosotros, la experimentamos al dormir, cuando no estamos conscientes ni del mundo externo de las cosas, ni del mundo interior de los sueños, pero esa experiencia se halla oculta bajo una capa de ignorancia, por ello retornamos a las fantasías del sueño y del mundo de vigilia. El no-retorno a la dualidad es posible sólo cuando desaparece la ignoracia. Lograr esto es el propósito del Vedanta. Inspirar hasta al más degradado de nosotros con esperanza y ayudarnos a salir del Fango del Desaliento, es el significado supremo de seres tan ilustres como el Maharshi.